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La talavera

La talavera es un tipo de cerámica mayólica, que se distingue por su blanco vítreo como base de color. La auténtica talavera sólo proviene de la ciudad de Puebla y de las localidades de Atlixco, Cholula y Tecali de Herrera, debido a que el tipo de barro y la historia de la artesanía provienen de esa región. Todas las piezas son elaboradas en torno, y el vidriado contiene estaño y plomo, como han sido hechas desde la época virreinal. El vidriado debe craquelarse, ser ligeramente poroso y casi blanco. Sólo se permite usar seis colores: azul, amarillo, negro, verde, naranja y un violeta pálido, que deben generarse a partir de pigmentos naturales. Los diseños de color tienen una apariencia difuminada a medida que se funden con el vidriado. La base, la parte que toca la superficie no visible, no es vidriada y expone la terracota, la cual debe tener inscrito el logotipo del fabricante, las iniciales del artista y la ubicación de la fábrica en Puebla.

El diseño de las piezas está estrictamente regulado por la tradición. La pintura debe sentirse al tacto con una ligera elevación sobre la base. En sus comienzos sólo se empleaba el color azul cobalto, que era el pigmento más caro y también muy buscado, no sólo por prestigio sino porque aseguraba la calidad de toda la pieza. La talavera es la más destacada de la tradiciones artesanas de Puebla.

La certificación de la talavera original es emitida por el Consejo Regulador de la Talavera. Cada uno de los talleres que quiera vender su producto como talavera debe pasar por una inspección bianual de sus procesos de fabricación. Las piezas son sometidas a 16 pruebas elaboradas por laboratorios certificados internacionalmente y a una prueba hecha por la Facultad de Ciencias de la Universidad de Puebla para asegurar que el vidriado no contenga plomo en más de 2.5 partes por millón o de cadmio en más de 0.25 partes por millón, dado que la mayor parte de las piezas se usan para servir alimentos. Sólo aquellas piezas salidas de los talleres que alcancen los estándares están autorizadas para llevar la firma del alfarero, el logotipo del taller y el holograma especial que certifica la autenticidad de la pieza.

Elaboración:

El proceso de la elaboración de la talavera es complicado y prácticamente no ha cambiado desde la temprana época virreinal. El primer paso es mezclar arena negra de Amozoc y arena blanca de Tecali. Es entonces lavada y filtrada para quedarse con las partículas más finas. Esto puede reducir el volumen en un cincuenta por ciento.

En seguida la pieza es modelada a mano en un torno, y dejada a secar varios días. Viene entonces el primer cocido a una temperatura de 850 °C (1562°F).

Tras comprobar que no tiene fisuras o defectos, se aplica el vidriado inicial o fondo blanco-marfil. Posteriormente, el decorado se pinta a mano.

Finalmente se expone a un segundo cocido para endurecerlo. Este proceso puede llegar a tomar tres meses para la mayor parte de las piezas, pero en algunas puede durar hasta seis.

El proceso es complicado a un grado tal que durante la época virreinal los alfareros encomendaban las piezas con oraciones especiales durante el proceso de cocimiento.

Algunos talleres ofrecen visitas guiadas y explican el proceso. El taller certificado y aún en operación más antiguo es la "casa Uriarte". Fue fundada en 1824 por Dimas Uriarte, y se especializa en diseños de la época virreinal. Otro taller certificado es el "Talavera de la Reina", conocido por que aplica diseños de artistas mexicanos contemporáneos.

 

Uso:

La talavera se emplea principalmente para utensilios de uso común tales como platos, jarrones, tibores, floreros, lavamanos, artículos religiosos y figuras decorativas. Sin embargo, una cantidad importante se destina a la decoración interior y exterior de edificios en México en forma de azulejos, en especial en la ciudad de Puebla.

En las antiguas cocinas conventuales muchos diseños incorporaban el emblema de la orden religiosa. Muchas de las fachadas del centro histórico de Puebla están decoradas con estos azulejos, así como fuentes, patios, iglesias y otros edificios, y constituyen parte importante de la arquitectura barroca poblana. Durante algún tiempo, el empleo de azulejos era una demostración del estatus económico familiar o de la iglesia.

En la Ciudad de México, la Iglesia de la Encarnación y la de la Virgen de Valvanera ostentan ambas cúpulas revestidas de azulejos. El más famoso ejemplo del uso de la talavera en la capital es la Casa de los Azulejos, palacio del siglo XVIII edificado por el conde del Valle de Orizaba.

Historia:

El origen de estas lozas se sitúa en China. Las técnicas y diseños chinos fueron llevados a la península ibérica vía Mallorca por alfareros de la España musulmana a finales del siglo XII. De allí se extendió al resto de Europa, con el nombre de mayólicas.

Entre los diversos centros españoles de industria cerámica se hizo especialmente popular el de Talavera de la Reina (Toledo, España), que junto con Sevilla acapararon las exportaciones de loza al Nuevo Mundo.

Hay varias hipótesis sobre cómo se introdujo la cerámica mayólica a México. La más común y aceptada es que fue introducida por monjes, que bien pidieron artesanos a España o sabían producir la cerámica ellos mismos. Estos padres requerían azulejos y otros objetos para decorar sus nuevos conventos, así que, para satisfacer la demanda, los artesanos españoles o los mismos padres enseñaron a los indígenas a producir la cerámica vidriada. Un número significativo de alfareros laicos fueron a México desde Sevilla y Talavera de la Reina durante la muy temprana época virreinal. Más tarde, Diego Gaytán, alfarero oriundo de Talavera, revolucionaría la alfarería poblana.

De finales del siglo XVI a mediados del XVII, el número de alfareros y talleres se mantuvo a la alza, y cada uno comenzó a crear sus propios diseños y técnicas. El gobierno virreinal decidió regular la industria con gremios y estándares. En 1653 se crearon las primeras ordenanzas, que estipulaban a quiénes podía llamarse artesanos, la categoría del producto de calidad y las normas de decoración. Algunas de las reglas establecidas por las ordenanzas incluían el uso del azul cobalto en las piezas más finas, la firma para evitar las falsificaciones, la creación de niveles de calidad (fina, semi-fina y uso diario) e inspecciones anuales por parte de maestros alfareros.

El periodo entre 1650 y 1750 pasaría a denominarse "la Era Dorada de la talavera". Puebla fue conocida como el centro alfarero más importante de la Nueva España. Las piezas eran exportadas a todo el territorio, y eran enviadas a Guatemala, Cuba, Santo Domingo, Venezuela y Colombia.

Durante esta época, el empleo del azul en la talavera fue reforzado por la influencia de la dinastía Ming, cuyo arte llegaba a México a través de los barcos provenientes de Manila. Las influencias decorativas de Italia en el siglo XVIII introdujeron el uso de otros colores.

Durante la Guerra de Independencia, los gremios de alfareros y las ordenanzas se abolieron. Esto permitió que cualquiera produjera cerámica a su libre albedrio, a expensas de la calidad. El mercado de la talavera colapsó, y de los 46 talleres productores del siglo XVIII sólo 7 continuaron después de la guerra.

En 1897, un catalán, de nombre Enrique Luis Ventosa, llegó a Puebla. Ventosa quedó fascinado por la historia de la talavera como expresión del arte mexicano. Estudió el proceso original y lo combinó con sus conocimientos del arte español contemporáneo. Publicó artículos y poemas acerca de aquella tradición y trabajó en la decoración de las piezas de cerámica.

En 1922 hizo amistad con Ysauro Martínez Uriarte, joven alfarero que había heredado de su padre su taller de alfarería. Los dos hombres trabajaron juntos para crear nuevos diseños decorativos, añadiendo influencias pre-colombinas y de art nouveau a las ya presentes islámicas, chinas, españolas e italianas de la talavera de Puebla. También se esforzaron para restaurar los antiguos estándares de calidad, la época les era propicia, ya que el país se encontraba en un periodo de reconstrucción después de la revolución.

Sin embargo, para 1980 habían desaparecido varios talleres hasta que sólo quedaron cuatro. La talavera pasó por un periodo difícil al final del siglo XX, debido a la competencia de cerámica proveniente de otros estados de la República, a las importaciones baratas y la falta de diseños imaginativos y modernos. A principios de la última década del siglo XX, los talleres de La Talavera de la Reina comenzaron a revitalizar el arte de la talavera, invitando a artistas para trabajar con sus artesanos con el fin de crear nuevas piezas y nuevos diseños decorativos. Entre esos artistas estaban Juan Soriano, Vicente Rojo Almazán, Javier Marín, Gustavo Pérez, Magali Lara y Francisco Toledo. Estos artistas no cambiaron el proceso de fabricación, pero añadieron a los diseños formas humanas, animales e imágenes tradicionales de flores.

Debido a un resurgimiento de la talavera, para el año 2000 diecisiete talleres estaban produciendo conforme a la vieja tradición y ocho estaban en camino de la certificación. Estos talleres empleaban entonces cerca de 250 trabajadores y exportaban sus mercaderías a los Estados Unidos, Canadá, Suramérica y Europa.

Aunque fueron los españoles los que introdujeron este tipo de cerámica, irónicamente el término talavera es más común en México que en su centro de procedencia, Talavera de la Reina.

En 1997, se estableció la denominación de origen de la talavera para regular qué piezas podían ser llamadas oficialmente talavera. Los requisitos incluían datos del taller, el barro utilizado y los métodos de fabricación. Estas piezas ahora portan hologramas. Si se elaboró una ley federal al respecto fue, entre otras razones, para que los talleres mantuvieran la misma calidad y el mismo proceso de fabricación del periodo virreinal, a fin de proteger la tradición.

Sin embargo, la tradición no se da sola. Angélica Moreno, dueña de la fábrica "Talavera de la Reina", está preocupada de que la tradición sea inestable, a pesar de los esfuerzos de los talleres. A comienzos del siglo XXI uno de los mayores problemas es la falta de gente joven que se interese.

Exhibiciones en museos:

A principios del siglo XX sobrevino un interés en el coleccionismo. En 1904, la norteamericana Emily Johnston de Forrest supo de la talavera en un viaje que hizo a México. Se interesó en coleccionar obras de talavera, así que consultó a académicos, coleccionistas locales y comerciantes. Con el tiempo, su colección se convirtió en la base de lo que actualmente se exhibe en el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York.

Edwin Atlee Barber, responsable del entonces Museo de Arte de Pennsylvania, también pasó un tiempo en México e introdujo la talavera en la colección del su museo. Estudió las etapas de evolución de la talavera y publicó una guía en 1908, considerada ahora parte de la bibliografía indispensable sobre el tema.

Durante este periodo, se organizaron en México importantes colecciones para museos. Una de las primeras y más importantes fue la colección de Francisco Pérez Salazar y de Haro en la Ciudad de México. Poco tiempo después, en 1920, Franz Mayer, un corredor de bolsa alemán de origen judío, comenzó su propia colección.

En Puebla se le consideró un excéntrico por comprar todo lo viejo del mercado poblano. En 1986, el Museo Franz Mayer abrió sus puertas en la Ciudad de México con la más grande colección de talavera poblana en el mundo: 726 piezas de los siglos XVII, XVIII y XIX, además de algunas piezas del siglo XX del autor Enrique Luis Ventosa.

En Puebla, José Luis Bello y González y su hijo José Luis Bello y Acedo buscaron el consejo de Ventosa y comenzaron su propia colección. Ambos amasaron la más grande e importante colección de talavera antigua en la ciudad de Puebla, la cual está resguardada en el Museo José Luis Bello y González (Museo Bello).

Más recientemente, el Museo de la Talavera se inauguró en la ciudad de Puebla, con una colección inicial de 400 piezas. El museo fue creado para recapitular los orígenes, la historia, la expansión y la evolución de la artesanía. Incluye muchas de las piezas más simples y varias de las más complejas, así como las que representan las diferentes épocas.

Talavera Contemporánea:

Usa los mismos materiales que la talavera tradicional poblana, pero destaca la creatividad sobre la utilidad, y el impulso creativo de artistas plásticos, diseñadores o grabadores contemporáneos, mexicanos o extranjeros, para darle una dimensión distinta de formas, texturas y colores.

Algunos exponentes son: Alberto Castro Leñero, Joaquín Conde, Pedro Friedeberg, Alejandro Magallanes, Patricia Soriano, Laura Almeida, Raúl Anguiano, Manuel Felguérez, Sergio González Angulo, Jan Hendrix, Alberto Ibañez, Heriberto Juárez, Gustavo Pérez, Gerardo Ramos Brito, Vicente Rojo, entre otros.